martes, 18 de enero de 2011

Texto de Kant (KRV, Prólogo 2ª ed.)

La "revolución copernicana" de Kant

La metafísica, conocimiento especulativo de la razón, completamente aislado, que se levanta enteramente por encima de lo que enseña la experiencia, con meros conceptos (no aplicándolos a la intuición, como hacen las matemáticas), donde, por tanto, la razón ha de ser discípula de sí misma, no ha tenido hasta ahora la suerte de poder tomar el camino seguro de la ciencia. Y ello a pesar de ser más antigua que todas las demás y de que seguiría existiendo aunque éstas desaparecieran totalmente en el abismo de una barbarie que lo aniquilara todo. Efectivamente, en la metafísica la razón se atasca continuamente, incluso cuando, hallándose frente a leyes que la experiencia más ordinaria confirma, ella se empeña en conocerlas a priori. Incontables veces hay que volver atrás en la metafísica, ya que se advierte que el camino no conduce a donde se quiere ir. Por lo que toca a la unanimidad de lo que sus partidarios afirman, está aún tan lejos de ser un hecho, que más bien es un campo de batalla realmente destinado, al parecer, a ejercitar las fuerzas propias en un combate donde ninguno de los contendientes ha logrado jamás conquistar el más pequeño terreno ni fundar sobre su victoria una posesión duradera. No hay, pues, duda de que su modo de proceder, ha consistido, hasta la fecha, en un mero andar a tientas y, lo que es peor, a base de simples conceptos.

¿A qué se debe entonces qué la metafísica no haya encontrado todavía el camino seguro de la ciencia? ¿Es acaso imposible? ¿Por qué, pues, la naturaleza ha castigado nuestra razón con el afán incansable de perseguir este camino como una de sus cuestiones más importantes? Más todavía: ¡qué pocos motivos tenemos para confiar en la razón si, ante uno de los campos más importantes de nuestro anhelo de saber, no sólo nos abandona, sino que nos entretiene con pretextos vanos y, al final, nos engaña! Quizá simplemente hemos errado dicho camino hasta hoy. Si es así ¿qué indicios nos harán esperar que, en una renovada búsqueda, seremos más afortunados que otros que nos precedieron?

Me parece que los ejemplos de la matemática y de la ciencia natural, las cuales se han convertido en lo que son ahora gracias a una revolución repentinamente producida, son lo suficientemente notables como para hacer reflexionar sobre el aspecto esencial de un cambio de método que tan buenos resultados ha proporcionado en ambas ciencias, así como también para imitarlas, al menos a título de ensayo, dentro de lo que permite su analogía, en cuanto conocimientos de razón, con la metafísica. Se ha supuesto hasta ahora que todo nuestro conocer debe regirse por los objetos. Sin embargo, todos los intentos realizados bajo tal supuesto con vistas a establecer a priori, mediante conceptos, algo sobre dichos objetos -algo que ampliara nuestro conocimiento- desembocaban en el fracaso. Intentemos, pues, por una vez, si no adelantaremos más en las tareas de la metafísica suponiendo que los objetos deben conformarse a nuestro conocimiento, cosa que concuerda ya mejor con la deseada posibilidad de un conocimiento a priori de dichos objetos, un conocimiento que pretende establecer algo sobre éstos antes de que nos sean dados.
Ocurre aquí como con los primeros pensamientos de Copérnico [Ver comentario/nota]. Este, viendo que no conseguía explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejército de estrellas giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría mejores resultados haciendo girar al espectador y dejando las estrellas en reposo. En la metafísica se puede hacer el mismo ensayo, en lo que atañe a la intuición de los objetos. Si la intuición tuviera que regirse por la naturaleza de los objetos, no veo cómo podría conocerse algo a priori sobre esa naturaleza. Si, en cambio, es el objeto (en cuanto objeto de los sentidos) el que se rige por la naturaleza de nuestra facultad de intuición, puedo representarme fácilmente tal posibilidad. Ahora bien, como no puedo pararme en estas intuiciones, si se las quiere convertir en conocimientos, sino que debo referirlas a algo como objeto suyo y determinar éste mediante las mismas, puedo suponer una de estas dos cosas: o bien los conceptos por medio de los cuales efectúo esta determinación se rigen también por el objeto, y entonces me encuentro, una vez más, con el mismo embarazo sobre la manera de saber de él algo a priori; o bien supongo que los objetos o, lo que es lo mismo, la experiencia, única fuente de su conocimiento (en cuanto objetos dados), se rige por tales conceptos.
En este segundo caso veo en seguida una explicación más fácil, dado que la misma experiencia constituye un tipo de conocimiento que requiere entendimiento y éste posee unas reglas que yo debo suponer en mí ya antes de que los objetos me sean dados, es decir, reglas a priori. Estas reglas se expresan en conceptos a priori a los que, por tanto, se conforman necesariamente todos los objetos de la experiencia y con los que deben concordar. Por lo que se refiere a los objetos que son meramente pensados por la razón -y, además, como necesarios-, pero que no pueden ser dados (al menos tal como la razón los piensa) en la experiencia, digamos que las tentativas para pensarlos (pues, desde luego, tiene que ser posible pensarlos) proporcionarán una magnífica piedra de toque de lo que consideramos el nuevo método del pensamiento, a saber, que sólo conocemos a priori de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas.

Prólogo a la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura, según la versión de Pedro Ribas, publicada por Alfaguara en Madrid en 1978.

1 comentario:

  1. Nota sobre Copérnico
    Copérnico(1473-1543) sacerdote, matemático, astrónomo, médico y abogado... es decir, renacentista renacentista, culturalmente abierto, viajero. Aunque era polaco vivió en Italia.

    Copérnico hizo la conjetura, como Aristarco de Samos (310-230 a.C.), de que el sistema del mundo no era un conjunto de esferas centradas en la Tierra sino en el Sol.

    La hipótesis de Copérnico fue totalmente a priori: como matemático el sol en el centro le daba mejores cálculos, pero no tenía una explicación para apostar por este sistema, ya que si fuese cierto sería muy dificil explicar el funcionamiento físico del mismo.

    Su hipótesis rompía de manera tajante la cosmovisión que se tenía entonces, heredada de Ptolomeo desde hacía siglos.

    A priori y sin pruebas empíricas no se atrevió a publicarlo por miedo a las críticas. Su amigo Rético (Georg Joachim Rheticus), profesor de Astronomía y matemáticas en Wittenberg. Copérnico escribió entonces su obra De Revolutionibus Orbium Coelestium en la que se explicaba el sistema heliocéntrico. Después de escribirlo y antes de publicarlo se lo cedió a Rético para que le diera su opinión. Éste a su vez se lo entregó a un teólogo luterano conocido por ambos: Osiander. A Osiander le pareció muy bien la obra pero decidió incluir un prólogo en el que hacía notar que toda la teoría del sistema heliocéntrico era un buen recurso que facilitaba enormemente los cálculos astronómicos, aunque no tenía por qué ser tenida como verdadera, puesto que no había ninguna prueba científica, experimental y contrastable de la realidad física del sistema.

    La obra De Revolutionibus Orbium Coelestium sería publicada finalmente el último año de vida de Copérnico, en 1543.

    Hasta ese momento, que se sepa, la única persona que había mantenido que el sistema verdadero era el heliocéntrico y no el geocéntrico era Aristarco de Samos. En esa época no se creyó lo que dijo Aristarco y luego tampoco hay indicios en los escritos de Copérnico de que éste estudiara a Aristarco. Por tanto, no se sabe con certeza de dónde extrajo Copérnico su idea. A pesar de mantener un sistema centrado en el Sol, todavía se mantienen la física aristotélica de órbitas circulares y movimiento uniforme para las trayectorias de los planetas. Por último, hay que indicar que las tesis de Copérnico no estaban apoyadas en observaciones, por lo que en sentido kantiano no puede entenderse como ciencia.

    El sistema a priori de Copérnico recibe la experiencia de Galileo y la prueba definitiva (científica, objetiva) del movimiento de la Tierra se obtuvo en 1741 (visual) y la del paralaje estelar en 1838, por Bessel.

    Un buen ejemplo de cómo avanza la ciencia: primero la idea, luego la experiencia.

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